Mis primeras pinturas no tienen pintura. Están hechas con acciones metafóricas y materiales que pertenecen al mundo maternal del que provengo. En el año 2002 Armin Tröger (1965-2017) era mi profesor de pintura. Armin era un católico creyente de desbordante masculinidad que encontró receptividad en mi voz andrógina, quasi adolescente, cuando le hablé de las mujeres que le habían dado forma a mi vida, que me inspiraban, y con las que yo tomaba café como un rito de conversación, que me ayudaba a ser y pensar. Armin me ayudó a ver la naturaleza trascendente de esos rituales y a reconocer la influencia de esos símbolos en mi forma de ser en el mundo. A esas obras les llamé Accesos

La Sábana del Inocente fue la última pintura hecha con tela cruda y café. También fue la última pintura hecha en mi taller de La Iliada, que era mi habitación en la casa de mi madre en el territorio que hoy es la reserva forestal Thomas van der Hammen en Bogotá. Durante mi vida he tenido más de una docena de talleres, ese fue el primero. El siguiente que tuve era un invernadero construido en ladrillo y piedra por mi abuelo para albergar la colección de cactus de mi abuela. Ese segundo taller también sería mi primera casa. A pesar de que ese lugar había sido un regalo de mi madre, sentí un profundo dolor al dejar su casa, en la que solo viví unos pocos años después de haber tardado toda una vida en construirla. Por eso la primera pintura que hice allí es un escroto rojo que cuelga de una puntilla y se llama La Bolsa del Infiel. La siguiente pintura se llamó La Lápida del Prófugo, y es literalmente, una pequeña tumba en la que dos abejas parten hacia el mas allá en rumbos opuestos. Es el momento en el que mi identidad binaria muere, y comienzo a identificarme autónomamente como pérdido, un concepto poético que a falta de un concepto consensuado en esos tiempos, me sirvió para definir una identidad marica, no binaria, e intergenerista (todavía esta palabra no existe en el diccionario). 

Desde entonces uso tijeras de costura para hacer arte. Durante gran parte de su vida mi abuela tuvo un salón de modas con el que consiguió amasar una pequeña fortuna como sastre. Con ese dinero compró la tierra en la que vivió su vejez y en la que se convirtió en jardinera y botanista. Para mi exposición de grado como Maestro en Arte, concebí un espacio habitado por una forma fálica sugerida por miles de florecitas de tela negra recortadas a mano y delicadamente dispuestas sobre el piso. La instalación incluyó otra escultura efímera en la que unas tijeras de sastre sostienen el cuerpo sin vida de una especie de abeja cuyo veneno tiene el potencial de matar personas alérgicas como yo. Mi taller y mi casa, que está en la tierra de mi abuela, en donde también está construida la casa de mi madre, es para mí Un Lugar para Morir, porque es un lugar que me dio la libertad de morir en un cuerpo construido con la misma autonomía con las que ellas crearon, habitaron y aún sostienen ese territorio, muy a pesar del patriarcado. 

Ser marica e intergénero en una sociedad patriarcal, machista y homofóbica implica mucha soledad. Para mí ese sentimiento de aislamiento es una herida que nunca se cura. En el mejor de los días, siento que es una herida curada que ha dejado una cicatriz dolorosa. En mi corazón, ese dolor se había convertido en un anhelo profundo por compartir ese cuerpo construido que yo seguía habitando solitariamente. En el año 2005, todas las noches y durante mucho tiempo, dibujé ese mismo anhelo. Esos dibujos se convirtieron en una serie de signos a los que llamé, Lengua Muerta. Ese mismo año mi tío, el arquitecto y pintor Guillermo Arriaga Maya murió. Tallé su lápida en mármol blanco. También comencé a trabajar para la Funeraria Gaviria como asesor de rituales y comisionada por Clara María Cardenas, su gerente general, pinté la Pintura Muerta. 

El amor se había presentado, sin duda como respuesta a ese manifiesto visible en el que se había convertido mi ser en el mundo. No era mi identidad, sino la identidad del mundo lo que ahora me preocupaba. En el año 2006 yo no tenía dinero para pagar la entrada al museo de la Quinta de Bolívar. Por eso fui y me paré frente a la taquilla desde donde se podían ver los jardines y recogí del piso una hoja seca del jardín que estaba a mi alcance. Al ganar una pequeña beca de creación del distrito, quise darle dignidad a esa muerte y rescatar del olvido esos fragmentos del jardín que perteneció al “Libertador”. Glorifiqué la libertad implícita en la revolución independentista, simbólicamente democraticé la muerte en el jardín y de los seres vivos en general, fundando pequeños monumentos funerarios tanto para las aves como para los árboles, los arbustos, los insectos y las flores. Les llamé Repúblicas porque aspiraba a que esa metáfora se convirtiera en una realidad para el país, que dejaran de existir tantas muertes olvidadas, tantas libertades oscurecidas y extinguiéndose, tantas desigualdades inhumanas. 

Usando las obras del jardín de la Quinta como referente, concebí una serie de obras similares para realizar en Guaduas, el pueblo natal de Policarpa Salavarrieta, espía y heroína cuya condecoración honorífica le había sido otorgada a mi madre. Esas obras nunca se realizaron, pero esas mismas ideas me ayudaron a ganar una beca para residir por tres meses en Banff. Allá tallé piedra todos los días e inauguré la muestra Paisaje Salvaje que incluía nuevamente la presencia de una abeja y una flor difuntas, así como una metáfora de Partida, en la que una entidad dividida da origen a dos formas homólogas que viven y mueren casi de la misma manera y casi al mismo tiempo. Al final de la residencia conseguí un carrito de carga para transportar una obra que aún no tiene título, pero que pesaba por lo menos 120 kilos. Jalé el carrito siguiendo un sendero que subía por una colina cercana a mi taller y tuve que arrastrarlo, alzarlo y empujarlo cuando el camino se extinguió y la colina se hizo más empinada. Una colega artista que me vio a lo lejos, vino a ayudarme en el momento en el que más necesitaba ayuda y con ella dispusimos la piedra en la cima de la montaña. La obra es un rectángulo rojo y caliente, conectado y separado a la vez por la forma orgánica de la piedra helada. 

Del Canadá traje un profundo deseo por explorar nuevos materiales, mantener un diálogo abierto con artistas de otras latitudes y trabajar en favor de la conectividad entre ideas disímiles y sensibilidades diversas. También quería mostrar en Colombia las obras que había hecho y propiciar espacio para ver, hacer y conversar. Inspirado en la simplicidad y practicidad de mi taller en Banff, construí un taller en guagua contiguo a mi pequeña casa-taller. Lo llamé Galería 3er Módulo porque era la tercera edificación que surgía en ese lugar. Lo inauguré con la exposición Certezas para Retornar. En esa inauguración me reencontré con mi colega la artista Margarita Vásquez con quien iniciamos un proceso de creación colectiva que terminaría dando origen a la Fundación Paramus, una organización que tenía el fin de fomentar la conectividad entre artistas y la creación de públicos para el arte. Durante siete años trabajamos juntos, bajo la metáfora de un ecosistema creativo rico y diverso en el cual pudiéramos florecer, fomentar una visión incluyente, dinámica y abierta, y hacer parte del mundo como artistas. 

Durante esos años, conversar y escribir fueron las formas de arte más recurrentes en mi práctica. Realmente trataba de expandir y transformar mi mundo, pero sobre todo de participar de él sin perder autonomía. De cierta manera, Paramus fue un largo y minucioso performance que ocurrió en un sin número de instituciones culturales, galerías de arte, espacios independientes y universidades. Nuestra voz promulgaba casi religiosamente, una visión utópica del mundo en la que el arte conecta los seres, las cosas y sus lugares, celebraba las diferencias, similitudes y ambigüedades del mundo material, conceptual y abstracto, y revelaba la belleza implícita que motiva toda pulsión creativa. Mi nuevo taller siguió teniendo el carácter de una galería con una programación modesta, una biblioteca y varias mesas de trabajo fáciles de mover. Un día cualquiera el gallo de mi madre amaneció muerto en el gallinero. Sus plumaje fantástico me recordaron la fascinación que tengo desde la niñez por las plumas de las aves que encontraba en el jardín de mi abuela. Plumas de gansos, patos, colibríes, gallinas, copetones. El plumaje de este Gallo Muerto que yacía sobre el suelo era excepcional. Sus ojos cerrados y su cuerpo esbelto le hacía parecer en un viaje estático hacia otra realidad que traté de dibujar. 

En el año 2010 me inscribí en la Universidad de Antioquía para estudiar Ingeniería de Materiales. Quería entender la materia y sus propiedades y explorar su comportamiento en circunstancias variables. Todo lo opuesto a Paramus, emprendí un camino de exploración profundamente formal que espontáneamente me llevó a desarrollar una sensibilidad  mística con la materia. Dos cruces de carácter sexual surgieron en este proceso.